Panorama Suizo 5/2023

tos de movilización nacional. El patrón creador de identidad que se perfiló en el siglo XIX continuó desarrollándose. Después de los tres grandes desprendimientos de los siglos XX y XXI —en 1991, en Randa; en 2000, en Gondo; y en 2017, en Bondo, que se evacuó a tiempo— el Consejero Federal de turno acudió en cada ocasión al lugar de la catástrofe. Su presencia transmite el mensaje de que toda la nación respalda a los afectados; y también de que se está haciendo todo lo posible para tener la montaña bajo control. Si esta se derrumba o amenaza con derrumbarse, nadie hace oídos sordos, ni siquiera cuando el calentamiento global viene a complicar la situación. ¿Todo bajo control? Lo que no ha cambiado desde la catástrofe de Goldau en 1806 es que nunca se ha planteado la posibilidad de abandonar o dejar sin reconstruir las aldeas amenazadas o afectadas por este tipo de fenómenos; al contrario, siempre se ha tratado de protegerlas mejor. “A este respecto”, ni se hablara de una evacuación preventiva. A principios de septiembre, tras unas fuertes lluvias, se desplomaron unas enormes rocas que sepultaron a casi 500 personas y destruyeron gran parte del pueblo. Setenta y cinco años más tarde, un domingo de septiembre, los habitantes de Elm, reunidos en la iglesia para la misa, no se inmutaron por el estruendo causado por las rocas que caían de la montaña, de cuyas entrañas extraían pizarra. Al contrario, los curiosos incluso treparon por su ladera. Por la tarde, un alud de rocas se precipitó valle abajo, provocando la muerte de más de cien personas. En su momento, tales derrumbes se aceptaban como catástrofes inevitables. Los descubrimientos de las ciencias naturales sobre la prevención de peligros chocaban con el escepticismo de la población imbuida de religiosidad. El despertar del espíritu de solidaridad Lo que sí que fomentaron los grandes derrumbes del siglo XIX fue el espíritu de solidaridad nacional. Tras el desastre de Goldau, por vez primera se organizó una recolecta nacional de donativos a favor de los afectados de Schwyz. Este tipo de solidaridad interregional se convirtió posteriormente en “una marca suiza”, escribe Christian Pfister, Catedrático Emérito de Historia Medioambiental en la Universidad de Berna. De este modo, Suiza encontró una manera muy propia de forjarse una identidad nacional. En los países vecinos, fueron las guerras las que originaron movimienafirma el geólogo Flavio Anselmetti, “lo que hemos vivido en Brienz es todo un logro”, ya que pudimos interpretar correctamente los movimientos de la montaña, a pesar de la compleja situación geológica, y “evacuar a la población en el momento oportuno, justo antes del evento”. La verdad es que sería difícil tener un mejor control de la montaña. Pero esto no significa que la relación entre Suiza y sus cada vez más impredecibles montañas no deba modificarse. Roger Schäli, alpinista profesional, sabe de cerca lo que se siente al estar en contacto con una montaña que se desmorona. Ha escalado la pared norte del Eiger más de cincuenta veces, a menudo siguiendo la ruta de los primeros alpinistas, por el famoso nevero de la Araña Blanca. En la actualidad, este nevero suele derretirse por completo en verano. “El calor afecta enormemente a la pared norte del Eiger”, comenta Schäli. “Está bajando cada vez más agua, la caída de rocas se ha vuelto más violenta y persistente. Estás algo protegido en las secciones más empinadas, porque las piedras pasan volando por encima de ti”. Hoy por hoy, la ruta clásica prácticamente solo puede recorrerse en invierno, cuando las temperaturas descienden bajo cero. El fenómeno que este profesional experimenta en las condiciones extremas del Eiger lo sufren también los alpinistas aficionados. El Club Alpino Suizo (SAC) posee 153 refugios de montaña, muchos de los cuales se encuentran potencialmente amenazados por el calentamiento global. En 2021, el SAC dejó de operar un refugio, la Mutthornhütte en el valle del Kander, por riesgo grave de derrumbe. Reconstruirlo en un sitio más seguro costará 3,5 millones de francos. Mantener las montañas bajo control puede salir muy caro. El 2 de septiembre de 1806, 40 millones de metros cúbicos de roca se precipitaron desde el Rossberg sobre Goldau, matando a 500 personas y dejando una indescriptible escena de devastación. Ilustración: Franz Xaver Triner (1767–1824) y Gabriel Lory (1763–1840); archivo estatal de Schwyz El 25 de agosto de 2017, los habitantes de Bondo (GR) vieron cómo un flujo de lodo asolaba su pueblo. El detonante de esta catástrofe fue un enorme desprendimiento ocurrido en el Piz Cengalo dos días antes. Foto Keystone Panorama Suizo / Octubre de 2023 / Nº5 7

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