Panorama Suizo 2/2026

que navegan en alta mar. Entretanto, la nación alpina cuenta con otros dos regatistas de altos vuelos: Alan Roura, el participante más joven de Vendée Globe en 2017, y Justine Mettraux, que en 2025 cruzó la meta como octava en esa vuelta al mundo a vela en solitario que se lleva a cabo con barcos de 18 metros de eslora, los denominados “Imocas”. Ambos son, por cierto, de Versoix, un pueblecito ginebrino a orillas del lago Lemán. “Los éxitos de los navegantes suizos y la victoria de Alinghi en 2003 hicieron soñar a la gente”, señala el marinero valdense Mathieu Verrier, quien atravesó el Atlántico en un barco de 6,5 metros. Diseñó y construyó su velero para la regata transatlántica Mini Transat de 2009, que es la puerta de entrada para las grandes regatas en alta mar. También participó en esta regata otro suizo, el ginebrino Fabrice Germond, que trabaja en la misma oficina naval de Lausana, la VMG Yacht Design, fundada por ambos navieros. En referencia al arte náutico en Suiza, Mathieu Verrier comenta: “Este país cuenta con personas que disponen de los recursos para comprarse un barco; además, aquí hay muchos lagos y el acceso al agua es fácil”. En Suiza hay veinte lagos y embalses donde uno “En el lago Lemán, las primeras regatas se remontan al siglo XIX, en las que competían buques de transporte”. Bernard Schopfer, navegante y autor En 2003, el equipo suizo Alinghi hizo historia al derrotar al vigente campeón, Nueva Zelanda, en la Copa América. Era la primera vez que un equipo europeo ganaba esta prestigiosa competición velera. Foto Keystone “Este país cuenta con personas que disponen de los recursos para comprarse un barco; además, aquí hay muchos lagos y el acceso al agua es fácil”. Mathieu Verrier, marinero y arquitecto naval puede sacarse una licencia de navegación. A la cabeza están los valdenses, con más de 15 000 barcos matriculados, seguidos por los zuriquenses (con 10 000) y los ginebrinos (con 6 000). Mathieu Verrier posee un pequeño catamarán que se puede navegar en solitario. Reconoce que vive su vida al ritmo de los boletines meteorológicos, “con una agenda que se rige por el viento”. Los lagos forman el horizonte inmediato de muchos suizos, cuyo país tiene acceso a dos de los lagos más grandes de Europa occidental: el lago Lemán y el lago de Constanza. Los navegantes de agua dulce se dividen en dos grupos principales, claramente diferenciados entre sí: los navegantes de vela y los aficionados a la motonáutica. El segundo grupo es cada vez más numeroso. “La lancha a motor es como un coche con dos amarras; tiene volante y acelerador”, aclara Mathieu Verrier. En cambio, la vela, que pierde cada vez más adeptos, requiere una larga formación. También hay que invertir mucho tiempo, admite el autor Bernard Schopfer, que durante treinta años participó todos los martes en regatas en el lago Lemán. Recuerda sus viajes en lancha a motor, cuando solía regresar a Ginebra desde Lutry, los domingos por la noche. “Con un barco a motor puedes salir de Lausana para ir a comer percas en Thonon, en Francia. Con un velero, sin embargo, no sabes cuándo vas a llegar”, explica Mathieu Verrier. ¿Y qué diferencia hay con la navegación marina? “La diferencia es que no hay sal”, bromea el arquitecto naval, aunque no sin advertir que en un lago como el Lemán pueden soplar vientos muy fuertes. “En la última edición del récord de la vuelta al mundo a vela, se produjo una racha de viento en Bretaña, al final de la regata, con rachas de hasta 80 km/h; pero en el Panorama Suizo / Abril de 2026 / Nº 2 17

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