Fuegos artificiales: ¡menuda diversión! Lo reconozco: soy uno de esos aficionados que encienden cohetes y petardos por puro placer. Sé que son ruidosos, perjudiciales para el medio ambiente y hasta peligrosos; que llenan la atmósfera de gases tóxicos y estresan a nuestras inocentes mascotas. Pero, aun así, me encantan. Desde hace cincuenta años, los fuegos artificiales del 1.o de agosto son para mí una oda a la alegría de vivir. También me han enseñado a ahorrar: de niño, tenía que apartar mi dinero de bolsillo durante meses para comprar suficiente “munición” en la papelería y poder lanzar fuegos artificiales en ráfagas durante horas, con un cañón que yo mismo había confeccionado con un tubo de cartón. Si el cañón se encendía, mi padre lo apagaba imitando el sonido de una sirena de defensa antiaérea. Mi padre era un hombre serio; pero el 1.o de agosto volvía a ser un niño y compartía conmigo mis fantasías infantiles. Los fuegos artificiales son un entretenimiento popular desde que fueron inventados en China allá por el año 200 a. C. y, luego, adoptados por Europa en el siglo XIV. Las fiestas públicas aprovecharon la poderosa magia de estos fuegos, igual que hacen hoy en día los pirotécnicos aficionados. ¿Acaso no nos gusta a todos llamar la atención de vez en cuando? Pero ahora, ese inocente placer parece estar pasando por una mala racha. Poner límites está de moda. Las personas sensatas fomentan el pyro-bashing, y con mayor razón desde que la guerra ha vuelto a ser una realidad sangrienta en Europa; y creo que acabarán ganando –con o sin iniciativa popular–. Además de que sus argumentos suenan más racionales, cabe reconocer que vivimos tiempos de angustia: si los niños llevan casco protector para jugar en los parques, ¿cómo tolerar algo tan peligroso como los fuegos artificiales? Por eso no termino estas líneas en tono combativo, ni llamo a defender a toda costa el derecho a lanzar fuegos artificiales libremente. Tampoco quiero rebelarme si “mi” época parece haber llegado a su fin; más bien me alegro de haber podido vivirla. Porque, por muy tóxica y ensordecedora que haya sido la época dorada de los fuegos artificiales, también estuvo repleta de alegría y felicidad. Y fue maravillosamente absurda. ¡Menuda diversión! Rudolf Gafner, periodista independiente en Burgdorf (Berna) Fuegos artificiales: ¡vaya ruido! Yo también crecí en medio de ese entusiasmo por los fuegos artificiales que, cada año, el 1.o de agosto, se encendían en las calles de nuestros barrios. El espectáculo no me atraía especialmente, pero tampoco me molestaba. Me hacía gracia aquel círculo de fuego chispeante que mi padre clavaba en un poste: giraba cada vez más rápido y las chispas salían disparadas cada vez más lejos. También recuerdo con agrado el gran espectáculo pirotécnico de los festejos nocturnos junto al lago. Las luces multicolores iluminaban de su brillo el paisaje alpino: ¡Qué belleza! Atrás han quedado esos tiempos. Hoy por hoy, no se escucha más que una serie interminable de estallidos y petardazos. No solo ha aumentado la variedad de artefactos, sino también, por desgracia, su potencia. Antes se lanzaban los cohetes de forma artesanal: de uno en uno, desde botellas vacías. Hoy en día entran en acción baterías de lanzamiento múltiple capaces de disparar varias docenas de fuegos de artificio en menos de un minuto, lo que convierte la plaza del pueblo en un campo de batalla cubierto de cartón. Cuanto mayor es el presupuesto, más escandalosos, más largos y más frecuentes son los fuegos artificiales. Las consecuencias de tales excesos saltan a la vista: vecinos exasperados; perros temblorosos; vacas aterrorizadas; aves perturbadas en su ciclo reproductivo; diminutas partículas de polvo; basura; accidentes. “Los fuegos artificiales son tradición y alegría”, me dicen. Pero, ¿no debería la alegría de vivir ir acompañada de respeto por los demás? ¿Y qué tienen que ver con la tradición suiza esos productos importados mayoritariamente de China? Lo que sí es una auténtica tradición suiza es la democracia directa. Por eso acudiremos a las urnas para decidir si el placer de unos pocos debe seguir prevaleciendo sobre la protección de los animales y del medio ambiente. Según una encuesta de 2024, solo el 13 % de los suizos compra artículos pirotécnicos. Los valores cambian, sin que por ello tengan que acabar los festejos. Admiremos el espectáculo de los “volcanes de pólvora” fabricados en Suiza: no necesitan hacer ruido para causar sensación. Y, de vez en cuando, disfrutemos de los fuegos artificiales públicos, lanzados por profesionales. Entre la magia de una experiencia compartida y un show presuntuoso, ¡mi corazón no vacila! Susanne Wenger, redactora de “Panorama Suizo” Panorama Suizo / Octubre de 2026 / Nº 4 11
RkJQdWJsaXNoZXIy MjYwNzMx