Hace millones de años, los terópodos poblaban el territorio de la actual Suiza. Una réplica se encuentra delante del museo Jurassica en Porrentruy. Foto Stéphane Herzog Vieux Émosson, en Valais. Este yacimiento se encuentra a más de 2 400 metros de altitud. Pero en realidad se trata de un caso muy peculiar, porque los paleontólogos tardaron años en averiguar que los animales en cuestión no podían ser dinosaurios. “Estas huellas pertenecen a unos parientes cercanos de los dinosaurios, con los que compartían un antepasado común a principios del Triásico”, declara Pierre-Yves Frei, quien explica en su libro cómo surgió tal malentendido: en 1976, el geólogo alsaciano Georges Bronner y unos amigos suyos decidieron recorrer a pie la región de la presa de Émosson. Durante la segunda jornada, el grupo llegó a la región de Vieux Émosson, nombre de la primera presa construida en este valle. Mientras Georges Bronner estaba haciendo fotos con su hija Sylvie, su mirada se desvió de repente hacia una losa medio sumergida en la nieve. Lo que estaba viendo no eran simples agujeros: ¡eran huellas! Este descubrimiento tuvo repercusión mundial y el sitio se convertiría en el de los dinosaurios de Vieux Émosson, y lo sigue siendo hoy. ¿Por qué se pensó inicialmente que eran huellas de dinosaurios? La primera razón, explica el periodista ginebrino, es que las huellas, aunque muy numerosas, son de mala calidad: podían dar la impresión de ser huellas de tres dedos, típicas de los dinosaurios. De hecho, solo hay huellas de cinco dedos. Otra dificultad es que la roca sedimentaria no contiene ningún fósil, lo que hace imposible una datación precisa. Los primeros investigadores de este hallazgo estimaron la edad de las huellas en 230 millones de años. Sin embargo, la roca tiene 240 millones de años de antigüedad y, en esa época, los dinosaurios acababan justo de aparecer en el hemisferio sur. Así pues, hubo que desechar la tesis de los dinosaurios, para dar paso a la de unos animales pentadáctilos (de cinco dedos): cocodrilos zancudos, de casi tres metros de longitud, provistos de poderosas mandíbulas y pertenecientes a la rama de los Pseudosuquios (“falsos cocodrilos”), mientras que la otra rama corresponde a los Avemetatarsalia, a los que pertenecen los dinosaurios. Frick y sus esqueletos perfectos En su libro, Pierre-Yves Frei menciona otro lugar fabuloso para la historia de los dinosaurios en Suiza: las canteras de Frick (Argovia), donde en 1976 un paleontólogo suizo, Ben Pabst, descubrió en la arcilla restos fósiles de dinosaurios de aproximadamente 210 millones de años de antigüedad, pertenecientes al subgénero de los plateosáuridos. Se trata de herbívoros de ocho metros de largo y cuatro toneladas de peso. En el museo de Frick se puede contemplar un esqueleto completo de este animal. Se estima que esta zona de Argovia alberga unos 500 fósiles de dinosaurios por hectárea. ¿A qué se debe tal abundancia? “En esta gran llanura, durante el Triásico, los puntos de agua se convertían en charcos de lodo durante la estación seca. Sedientos, los grandes dinosaurios se aventuraban en este gran lodazal y no siempre lograban salir”, cuenta el autor. “No me gusta imaginármelos hundiéndose allí, pero nos han dejado un testimonio de gran valía”, concluye el periodista ginebrino. Panorama Suizo / Julio de 2026 / Nº 3 23
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